Epistolario

Carta silenciosa a Alaíde Foppa

Si me preguntan, sí, sí lo recuerdo; lo recuerdo de tal manera que podría tejer con detalle largo y atinado y emocionante el esplendor que fue conocer tu escritura. Recuerdo que me pusieron una gran silueta humana, sin nada dentro, nada salvo la línea que recorría entero el cuerpo que a mis ojos se me presentaba vacío: todavía no era un cuerpo. Me leyeron los versos, aquellos que hiciste un día en que viste sobre tu cuerpo la complejidad y la totalidad misma del mundo, uno de esos raros sucesos de la vida que pasan pocas veces y que pocos están ahí para verlos.

Alaíde… ¿Quién soy yo para escribirte? ¿Quién sino un afanoso de acordarme de ti? Y es que me perdonarás, pero hoy te recuerdo más que nunca, quizás lo mejor y lo único bueno de todo esto es el hecho de que tú ya no lo sabes, tus ojos ya no están aquí para ver este trizadero de vidas inocentes, este invisible santuario de muertas en que vivimos. En América Latina fuiste de esas primeras mujeres que puso el grito no solo en alto sino en el viento, en la palabra, en el poema terso y breve; el grito de decir no, el grito del miedo, el grito que nadie, absolutamente nadie, salvo tú, escuchaste en ese entonces. El que un día hayas puesto esa voz para que otros la escucharan, para aturdir a quienes en la bruma de su ceguera no veían, hoy en día tiene todo el sentido, así tal cual lo tuvo el día en que lo dijiste. A ellas, todas sin excepción, este mundo se tornó horrible y una apuesta diaria por la vida, por la libertad de abrir la boca para cantar, de salir sin fin a todas partes y volver sin hora fija.

Cuando volviste de México a tu país, Guatemala, nadie más supo de ti, Alaíde, una madre que un día sin motivo no volvió más… hijas, mamás, hermanas, compañeras, sin importar ninguno de esos aspectos, mujeres desaparecen.  A ti tus hijos no te vieron volver más, a mí me ha tocado ver y saber, de quienes una mujer de su familia no vuelve, sino muerta o calcinada, hecho polvo ese elogio hermoso del que hablaste, hecho nada ese mundo que tú viste en el cuerpo, hecho nada, Alaíde. Pero me detengo, no simplemente porque un día tú luchaste por las mismas cosas que las mujeres de hoy, sino porque nadie de ellas necesita que yo levante la voz por ellas. Bastaría, lo sé de sueños, con que leyeran tu poesía y el poema que tú misma eres, para que supieran que, sí, entre ustedes jamás estarían solas.

Me quedo el derecho de guardar silencio, Alaíde, ante todo lo que sucede. ¿Quién sería de ser así? Tu palabra siempre me acompañará, el tamaño breve de tu corazón será siempre suficiente para seguir levantando este mundo; por lo demás, descuida, ellas siguen levantando esa voz, preservando la libertad que les es propia, “y la calidad tranquila de la luz”.

Francisco

Fotografía de La Jornada


Francisco Martínez
(Guanajuato, 1996) Estudiante de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad de Guanajuato. Actualmente escribe su tesis de grado sobre Lezama Lima. Ha colaborado en revistas de creación y crítica literaria, como Los Demonios y los Días. Es becario de la Librería de la Universidad de Guanajuato.

Comparta